De cómo conocí al joven y zumbado de Broken Genious

Broken

Cuando dice “tío” lo suelta siempre con cierta ansiedad y eso le convierte en alguien entrañable. De hecho, si conoces a Broken Genious y lo observas con perspectiva, un poco desde lejos, parece como un Pokémon descarriado, o mejor dicho, como un cazador de Pokémons convertido en cazador de ratas de alcantarilla. Igual que cuando dice “de puta madre, tío”, como si el plan que le acabas de proponer fuese la salvación ante el inminente fin del mundo. Que el mundo es injusto y desigual es una verdad tan incómoda como nauseabunda, y uno se pregunta cuándo el mundo comenzará a tratar bien al pobre de Broken Genious. No sé, por ejemplo, que de golpe decida bajarse Tinder o alguna app de ligar y que conozca a una cuarentona que le meta caña y le cuente, a base de buenos apretujones en sus tetas, de qué va la vida. Porque a Broken Genious parece que la vida le va tremendamente grande, que es un invento demasiado atroz para alguien sensible y cabizbajo como él. Por eso Broken Genious es tremendamente humano y me despierta una ternura fraternal. A saber. ¿a quién cojones no le va grande la vida en pleno S.XXI? Lo que pasa es que, a diferencia de mucha gente, Broken Genious no sabe disimularlo. Es lo que peor se le da, en serio. Mientras que muchos se esfuerzan con mantener conversaciones triviales y hasta en mostrar cierto júbilo vital en los bares y terrazas, Broken Genious te mira con unos ojos como diciendo “Esto es un percal y no sé qué mierdas estamos haciendo en este crudo planeta”.

En su mente todo es como una simulación no real de lo que está ocurriendo. A la gente le ocurren cosas, pero Broken Genious, a sus 19 años, vive en una simulación. Quizás los días en los que más vivo le vi, más inquieto y salvaje, fue cuando nos cruzamos en el psiquiátrico. Ahí el mozo desprendía puro potencial. Había intentado quitarse de en medio y bueno, cosas que pasan, la jugada no le salió redonda, así que acabamos ahí ambos —yo iba por otros motivos, necesitaba inspirarme para una nueva novela y fingí un brote muy loco ancestral para pasar unas semanas de gratis conociendo a gente muy on fire con su mente—. Durante aquellas idílicas semanas en las que aprendí a madrugar y en las que convivía con mucha peña zumbada, entre la que me incluyo, entablamos una amistad y buen rollo que a ambos nos hacía los días más llevaderos. Nos pasábamos recortes de periódicos y yo le hablaba de techno y autores que él desconocía, y luego veíamos cómo iban entrando más y más zumbados en nuestra ala del hospital, y tratábamos de lidiar con ello. Mientras que ahora, meses después, luchamos por habitar una normalidad más resbaladiza que una paella llena de aceite, en aquellos días vivíamos todos en una realidad mucho más intensa y punzante. Por ejemplo, cuando a Broken Genious lo visitaban los médicos, en vez de sentarse en la silla como un campeón suicida y decir “acabaré tarde o temprano con esto, que os den”, el tío se sentaba en la silla con una chepa de tres al cuarto, miraba hacia abajo y comenzaba a sudar como una girafa en una sauna. Era pura ansiedad y nervio, sí, pero para ser sinceros, también era pura creatividad. Me asombraba su cuaderno de notas. Lo tenía repleto de mil y una notas poéticas, literarias, novelas fragmentadas y versos de una belleza más genious que broken. Me asombraba cómo era capaz de aislarse en ese contexto de peña viendo cualquier mierder en la tele y ponerse a escribir cosas magníficas y arrolladoras. Parecía más leído que yo, que le llevo más de diez años. Por eso os digo que, cuando sale de su simulación, Broken Genious es una mente arrolladora y capaz de iluminar a cualquiera con sus locuras. Tiempo al tiempo, es lo que le digo, a los 19 años lo más lógico según mi poco criterio es tener una primera crisis existencial de campeonato y asomarte al universo de los losers, por una temporada. Lo raro a los 19 es sentir que te vas a comer el mundo. Eso es más de los 16, ¿no? Con tu primera novia y las fiestas en casa de los padres de tus colegas. Pero cuando empiezas a ver el enorme percal, que la tierra se abra bajo tus pies es una posibilidad más que razonable, y hasta necesaria.

Lo que pasa es que Broken Genious es, al igual que yo, un vago secreto. Le gusta tanto el cine y la contemplación del absurdo vital que se vuelve loco cuando piensa en que tiene que interactuar, eso le abruma como el que más. Por ejemplo, yo hoy iré a yoga y me da una pereza muy enorme, pero puedo llegar a empaparme del rollo durante un rato. Pero Broken Genious, al decirle que se apunte a un arte marcial o a alguna movida, a cualquier cosa, te mira como te miraría un perro si le estuvieses dando papel de plata para cenar. Decía el gran Houellebecq que el mundo es de talla mediana, y esa es la razón por la que pasar por el aro es muy duro para los que tienen otra estatura. Porque Broken Genious es, en realidad, un grande, aunque vista con trapos y camisas de cuadros anticuadas y tenga el pelo como algún salvaje de Juego de Tronos. Lo que pasa es que él no acaba de creerse que lo va a petar en algún momento en que su autoestima suba, porque vive en una caída permanente del amor propio. Qué coño, tampoco sabe muy bien lo que es eso. Y ahí está otro de sus dones, al no haberse siquiera planteado qué es la autoestima, es tremendamente humilde y se muestra libre de gilipolleces ególatras de los niñatos de su edad. Por eso, a veces, parece que tenga 10 años más en su porte (salvo en su chepa y en sus torpes pero enérgicos movimientos).

Otra habilidad secreta de Broken Genious es que es capaz de fumar colillas de otra gente. Cuando menos te lo esperas, el tío saca de la papelera de la calle un piti fumable y se lo zampa como si se lo acabase de liar una actriz famosa solo para él. Recuerdo cuando teníamos los permisos en el hospital, el muy capullo no aceptaba mis pitis, sino que prefería ir rebuscando entre las papeleras o pillarlos del suelo. Es la imagen más desgraciada que recuerdo de él, aunque hay otra imagen que recuerdo que es bastante más sombría. Imaginaos el ala del hospital, con sus mesas típicas de comedor y luego una especie de butacas rancias de plástico para contemplar por la cristalera. Ahora imaginaos esa zona sin luz, con apenas destellos de luna que provienen de la cristalera. Situad una esquina cualquiera y poned ahí en esa esquinucha al bueno de Broken Genious, sentado en cuclillas, a las 12 de la noche. Pues sí, esa esquina sola y meditabunda era uno de los lugares predilectos en los que Broken Genious solía pasar un buen rato, no pasándolo demasiado bien precisamente, cuando caía la triste noche en la sala psiquiátrica. Recuerdo haber sentido algo parecido a miedo cuando descubrí su escondite y me dije: joder, este chico es realmente un puto freak.

Todos hemos intentado cambiar y adaptarnos a la cruda realidad después de aquello, pero él sigue estando lejos de una normalidad por una sencilla razón: no la conoce, lo suyo es la simulación de una vida que transcurre ante él y que es incapaz de habitar. Es como si no se permitiese decir, voy a disfrutar con mi rareza como si fuese lo más normal y divertido del mundo. Y esa sería la clave, creo yo, para que lograse soltar su mierda y abrazar los resquicios de una vida igual de loca pero más divertida. Porque, cuando normalizas tu locura ante los demás, tienden a aceptarla con más facilidad de lo que pensabas, te codeas con el exotismo delirante y de golpe tienes una historia que fumarte con la gente.

Hay otro don que ha desarrollado Broken Genious y que dice algo de lo muy zumbado que está: la automedicación. El tío es capaz de subirse y bajarse la dosis de medicación en función de lo que le pasa por la cabeza, así que imaginaos lo entretenido que está en su día a día. Cuando siente que la cosa se le va de las manos, aumenta y, cuando parece que la cosa va de bajada, se la baja. Es una verdadera maravilla ser tu propio médico, porque luego te vas al médico real y su tratamiento siempre es como relativo, una mera aproximación a lo que tú luego te apañas en casa.

Pero me gustaría terminar este texto lanzando un hurra por lo bien que lo pasé ayer con él. Por eso me he decidido finalmente a escribir estas líneas, tras su mucho insistir en que necesitaba leer algo desquiciado acerca de su condición. Y es que Broken Genious, si logra desarrollar el sentido del humor psycho, tiene mucho que aportarnos a todos. Y ahora sabréis por qué: dentro de otra de sus múltiples desviaciones encontramos su radio particular, que no logra sintonizar ninguna cosa corriente y suena entre estruendosa e inquietante, con interferencias constantes. Su radio es el sueño de cualquier película de terror. Ayer, paseando por un gran parque de la ciudad, cuando ya había anochecido, va y la enciende. Fue realmente revelador, inquietante, lyncheano. Me partí la caja al momento y comenzamos a meternos hacia la oscuridad, en busca de más y más aislamiento bajo la fina melodía trastocada del cachivache. Y, en su línea, él mismo se acojonó a más no poder. Casi sale corriendo, rompiendo la magia de habernos zambullido en una experiencia de lo más surrealista y unknown. Es curioso que, tras lo que hemos vivido, el tío siga sintiendo miedo hacia este tipo de cosas u otras. Cuando los que han puesto un pie en la locura regresan y se calman, si algo no tienen, es miedo a la oscuridad ni temor al cachondeo. Estoy deseando que pulse el play de nuevo en su radio y que sí, que esta vez suene abiertamente su escondida carcajada y que yo pase del cachondeo al temor y sea él el que, controlando la situación y con un deje despectivo hacia mí, me diga, eh, que era coña, no te vayas a cagar tú de miedo ahora.

FicciónVanity Dust