Vanity Dust

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Desconocidos y sin hijos

A veces, intuyes que alguien que viene de lejos por la calle se parará a decirte algo, normalmente a pedirte limosna, fuego o, en caso de que vayas por el centro de la ciudad y la persona que se acerca esté desesperada y sea guiri, rogará para que le dejes el móvil y poder así llamar a las autoridades o a sus conocidos porque acaban de robarle el suyo. Ryan caminaba por una céntrica calle de su periférico barrio y tuvo esa intuición con un hombre de mediana edad vestido con camisa de manga larga y pantalones oscuros que caminaba mirando a los transeúntes como buscando una señal. Caía la tarde, todavía había luz, y Ryan no solía sentirse intimidado cuando tenía este tipo de presunciones, por lo que ni desvió el paso ni apartó la vista cuando ambas se cruzaron, a menos de una decena de metros. De hecho, no había interactuado en offline con nadie en todo el día, con lo que, si ese tipo se paraba a decirle algo, le sería hasta algo que agradecer. Cuando, efectivamente, el tipo se detuvo ante él y le preguntó por un mechero —que Ryan no tenía, pues vapeaba desde hacía dos años—, la situación se tornó en un encuentro que uno no prevé con facilidad cuando fantasea o tiembla pensando en desconocidos que buscan socializar por algún motivo.

—Si tuviese hijos, es decir, si me hubiese dejado engañar por toda esta movida —el desconocido hace gestos como señalando alrededor, “en abstracto”—, yo también hubiese dejado el tabaco. Pero lo cierto es que fumar me gusta y no hay nadie que me regañe. ¿Y tú, tienes hijos y por eso vapeas?

—No, qué va. Es porque me gusta más y fumaba muchísimo, y la verdad es que a los veinticinco años me preocupaba tener ataques de asma sin ton ni son. Así que me hablaron de esto y pensé que no era una mala idea probarlo. Y me enganché, pero pude dejar de fumar.

—Una adicción por otra, pero menos dañina. Comprendo, no está mal cuando uno es joven —el tipo parecía meditar seriamente las palabras de Ryan, y Ryan estaba por darle la dirección de la tienda de vapers a la que solía ir—. Verás, no quiero entretenerte si no te interesa, pero si no tienes hijos, en vez de ser yo el que te pida fuego, quiero más bien ofrecerte algo.

—No estoy interesado en ayudar a las casas de adopción y demás, si te refieres a eso —aunque el tipo le caía bien, Ryan pasó a la segunda tanda de posibilidades que hay cuando un desconocido se acerca a por ti, venderte algo. Iba muy desencaminado, y estaba a punto de saberlo.

—Lo imaginaba —sonríe levemente el tipo—, y tranquilo que no va por ahí la cosa. Es más bien al revés. Tengo cuarenta y siete años y estoy bastante cansado de esta vida, no por nada especial, sino porque noto que la existencia nos pesa demasiado a los humanos, y dudo que sepamos mejorar las cosas en los próximos veinte o treinta años. Cuando uno es joven tiende a comprar uno u otro discurso dominante, por muy alternativo que parezca, y se entretiene bastante intentando dilucidar su lugar en el mundo y tejiendo su red de relaciones y de sostenimiento, tanto emocional como económico. Pero, cuando esta fase pasa, uno se pregunta por qué hay que seguir manteniendo este jolgorio cuando el planeta está ya dando demasiados signos de que estaría mejor sin nosotros, y que incluso nosotros estaríamos mucho mejor sin nosotros, no sé si me explico. Desde que dejé mi empleo hace algunos años, llevo viviendo de las rentas familiares, y tengo algunas propiedades, y he pensado que, antes de que yo me vaya de viaje, bueno, ya me entiendes, al otro barrio, me gustaría legarle a alguien totalmente desconocido todo lo que tengo. Así, sin más. No es que quiera ser antisistema, pero la herencia entendida como algo familiar es una de las mayores injusticias que hay, porque sirve para perpetuar las diferencias, penar las errores de los que no tienen nada y concentrar el poder en los mejores casos. Y me gustaría dárselo a alguien que tampoco tenga hijos, para que así pueda también plantearse algo parecido en caso de que llegue a la misma conclusión.

—Comprendo —Ryan sabía que el tipo hablaba demasiado ordenadamente para ser un lunático, aunque obviamente no descartó que el sujeto hubiese atravesado o estuviese atravesando por una seria depresión nihilista, es decir, cómo tantos millones de personas, lo supiesen o no, como él mismo, por supuesto. El nivel de empatía era alto y franco, y apenas sintió extrañeza por esta declaración de intenciones. Al contrario, la vida es un asunto demasiado raro como para estar intentando naturalizar el “buenos días” al llegar a la oficina. Ryan decidió seguir con la conversación, no sin antes dar una senda calada a su vaper, y añadió: —Por lo que dices, esto no parece una decisión tomada hace un minuto, ¿no?

—Correcto. Hace ya tiempo que meditaba sobre esto, pero no me atrevía a dar el paso, y hoy he salido a la calle convencido, ya ves, y hasta me siento más liberado ahora que te he soltado el plan. Y quiero que seas tú porque el azar así lo ha dicho y porque cumples la única condición previa que tenía, a saber, no tener críos. Ah, y tampoco quiero amistad o algo a cambio, no te preocupes que no te daré la brasa. Solo necesito que me acompañes al notario un día de esta semana, ajustamos los bienes, cambiamos lo que haya que cambiar, te comento las cosas que tengo y que serán tuyas y listo.


2


A la semana siguiente, Ryan era propietario de tres pisos céntricos de su ciudad, dos de ellos alquilados, y tenía en la cuenta corriente más de 100.000 euros. Nunca volvió a saber nada del tipo. Cualquier hijo de vecino se sentiría algo así como la persona más afortunada del mundo, pero aquí no hablamos de personas corrientes, o al menos Ryan, desde que aceptó el trato, no se sentía para nada tranquilo con su suerte. Si bien la jugada le había resuelto por completo cualquier trasiego económico por una temporada larga, se sentía responsable por el gesto, de enorme valor simbólico, que había tenido el tipo. ¿Cuál es la diferencia entre alguien totalmente desconocido y nuestro mejor amigo? Depende del amigo, depende de la persona desconocida, así que no lo sabemos ni podemos generalizar. Pero resulta que se había dado de bruces con la persona desconocida más aleatoriamente altruista —y eso que la fe en la humanidad que profesaba el tipo no era que digamos muy alta— que podría conocer jamás, y eso había sacudido sus cimientos. Por eso, no tardó ni una semana en salir a la calle a buscar un desconocido al que regalarle el piso vacío de los tres que tenía. Condiciones: vapeador y sin hijos.

Cuando Ryan le contó la historia a su amiga periodista, la noticia no tardó en hacerse viral: «un hombre dona sus propiedades a un desconocido que encuentra por la calle y este, conmovido, regala uno de los pisos a otro desconocido»

Lo que todavía no sabían, ninguno de ellos, es el efecto contagio que tendría la noticia. Más allá de los comentarios en el artículo, que venían a decir cosas como: joder, yo por la calle solo me encuentro a gente aburrida que hace sus cosas, a ver si me encuentro a un nihilista al borde del colapso y me da su choza, muchos ancianos sin hijos tomaron decisiones parecidas, y cuando un multimillonario decidió tomar la misma decisión, muchos empezamos a hacer el clic y a comprender que, en efecto, el concepto de propiedad y herencia comenzaba a desactivarse entre las personas sin hijos. La cosa, de hecho, iba más allá. Si no tener hijos y, más allá de eso, no estar especialmente interesado en vivir más allá de los cincuenta años, otorgaba libertades acerca de cómo legar lo que era de uno de una forma tan radicalmente opuesta a la tradición, ¿cómo no iba ello a ser una herramienta de reivindicación de la existencia humana en su última fase de extinción?

Algunos individuos de la especie humana que sentían con consternación pertenecer a su propia especie, y que sin embargo no albergaban violencia ni odio especial hacia ningún colectivo en particular ni general, decidieron, además de no reproducirse, transferir sus bienes de forma aleatoria pero directa a otras personas que estaban en una condición similar o que, por lo menos, no habían tenido hijos, creando una red de solidaridad espontánea y sin vinculaciones sanguíneas de ningún tipo que algunos llamarían Unknown True Family.

El movimiento pronto recabaría el apoyo de muchos jóvenes, que veían con temor envejecer y haber heredado un planeta tan depauperado. De hecho, muchos de ellos pudieron dejar los estudios pronto y dedicarse a holgazanear gracias a haber recibido alguna donación de algún nihilista por la calle. Los copies del movimiento de la Unknown True Family tendrían varios frentes, de entre ellos:

La vida es demasiado seria como para reproducirla.

La responsabilidad de ser humano es demasiado grande para alguien que no existe.

Perpetuar la dominación del ser humano en la Tierra no nos hace más grandes, ni más ricos, ni más sabios, ni más fuertes. Amarrar las anclas es mejor que un naufragio anunciado.

A pesar de las críticas de los grupos religiosos pro vida y de alguna gente normal, pronto este movimiento selló su rito de paso particular. Porque, claro, una cosa era ser joven y heredar de un desconocido y la otra era llegar a los treinta y formar una bella familia con lo heredado. Si en los años noventa de finales del siglo veinte el coche y el piso eran cosas que los jóvenes intentaban ostentar para reclamar su recién adquirida independencia, y en los dosmil pasaron a conformarse con el coche, y en 2010 se contentaban con un móvil y un tattoo, cuando todo esto ocurrió la cosa se volvió más drástica: se esterilizaron. Los jóvenes rebeldes se esterilizaban como declaración de intenciones y como vía para lograr que, quién sabe cuándo y cómo, un desconocido igual de frustrado que ellos pero un poco más mayor les ofreciese sus bienes.